martes, 6 de octubre de 2009

El niño en movimiento



El niño en movimiento



En el comienzo, el desarrollo del niño se halla dominado por la motricidad. En el bebé, los movimientos son la únicas manifestaciones psicológicas que se pueden observar, éstas son diversas y presentan múltiples significados; los movimientos de succión, de respiración y viscerales corresponden a una función vegetativa. Hay que recordar que la función motriz está constituida por movimientos orientados hacia las relaciones con el mundo que rodea al niño.


Una de esas relaciones comprende movimientos mímicos y vocales cuyo carácter expresivo es fundamental y a la vez corresponden a la función afectiva de intercambio y comunicación con el entorno; la otra relación se refiere a los desplazamientos del propio cuerpo, ésta es la función motriz en el sentido más corriente y restringido del término. Con frecuencia se establece la distinción entre la motricidad fina de las extremidades de los miembros, especialmente las manos y dedos, y la global o gruesa constituida por movimientos de conjunto, de preponderancia postural.


Es en este campo en el que se han realizado numerosas investigaciones, en el que se han hecho propuestas de nuevos métodos de educación que procuran brindar a los niños un entorno adaptado a las necesidades funcionales de cada edad y, especialmente, dejarles una completa libertad de movimiento. El desarrollo motor se realiza así de una forma espontánea mediante la actividad autónoma, en función de la maduración orgánica y nerviosa. De esta forma, a lo largo del tiempo, las posturas que el niño realiza voluntariamente, por propia iniciativa, cuando ya sus aparatos llegan a la maduración, se encuentran mejor estructuradas porque son el efecto de una coordinación del conjunto de las partes del cuerpo. Esta coordinación no puede producirse si el adulto hace que el niño adopte prematuramente tal o cual postura mediante un apoyo directo o recurriendo a varios instrumentos; en este caso se producen fenómenos de rigidez y tensiones que son perjudiciales al desarrollo postural armonioso del niño.


Las posturas son manifestaciones del tono y sus variaciones, bajo la influencia de las modificaciones vestibulares en relación con la acción de la gravedad, y de las modificaciones intero y propioceptivas resultantes de la actividad interna y externa del organismo (Trang Thong, Universidad de París). Se ha demostrado que un desarrollo posturo-motor rico y armonioso beneficia el desarrollo de las demás funciones.
Pikler (1985) subraya la importancia y la validez de la actitud no intervencionista del adulto respecto al desarrollo motor en el niño pequeño. En su sistema educativo la actitud general consiste en respetar al niño, en considerarle como una persona y en favorecer su desarrollo autónomo. El educador debe manifestar paciencia, consideración y dulzura en su relación con el niño y evitar manipularle, apresurar e intervenir intempestivamente en la aparición y el desarrollo de sus funciones.


La ayuda que el adulto aporta al desarrollo debe ser, en primer lugar, indirecta, es decir, ha de consistir en la organización de un entorno adecuado a las necesidades de desarrollo de cada edad. Éste es, sin duda, un principio educativo esencial y general.
La función motriz, y especialmente la posturomotriz, depende directa y estrechamente de la maduración nerviosa, por lo que es muy importante considerar el perjuicio que se causa con las posturas impuestas, que no se limita al desarrollo de la motricidad sino que también influye desfavorablemente en el desarrollo psíquico, en el desarrollo de la personalidad.
Actualmente se reconoce que el movimiento activo del niño —cuya iniciativa asume él y que él mismo ejecuta— posee un papel preponderante en el conocimiento del propio cuerpo, en la autoconciencia, en la percepción de su propia eficiencia, en el aprendizaje, en el reconocimiento espacio temporal del entorno general.
Podríamos decir que se ha comprobado que ni la enseñanza, ni la ayuda directa del adulto, ni su incitación, ni el empleo de objetos o instrumentos diversos son condiciones indispensables del desarrollo motor.


La gimnasia, el ejercicio de los movimientos, desempeña un papel preponderante en la adquisición correcta de movimientos cada vez más perfeccionados, los niños realizan movimientos preparatorios por propia iniciativa. Estos ejercicios poseen, sobre el aprendizaje habitual, la ventaja de que los niños los ejecutan con una buena coordinación muscular. Se ha observado que los niños realizan estos movimientos en forma continua pues se hallan integrados en su actividad, a diferencia de aquéllos que se imponen en los ‘aprendizajes habituales’ que son realizados intermitentemente.


El niño, aproximadamente a los 6 años, propiamente en la etapa escolar, toma conciencia de sí mismo, de su cuerpo y su adaptación al ambiente, del mundo que lo rodea. En general, va adquiriendo el dominio de una serie de habilidades que van a configurar su madurez global, tanto intelectual como afectiva, por lo que es indispensable considerar la profunda relación de todos los aspectos que configuran la globalidad del niño, su integridad.
El niño descubre el mundo de los objetos mediante el movimiento, pero el descubrimiento de los objetos tan sólo será válido cuando sea capaz de coger y dejar con voluntad, cuando haya adquirido el concepto de distancia entre él y el objeto manipulado y cuando este objeto ya no forme parte de su actividad corporal, por lo que de objeto acción pasa a ser objeto experimentación.


Es vital recordar que la psicomotricidad es una resultante compleja que implica no solamente las estructuras sensoriales, motrices e intelectuales sino también los procesos que coordinan y ordenan progresivamente los resultados de estas estructuras. Aunque hablemos de globalidad, se puede, si se da el caso, estimular una sola área, la que esté menos madura, dándole al niño elementos de referencia para que pueda integrarla en la totalidad del proceso.


Con el fin de que el niño llegue a dominar las diferentes partes del cuerpo, es necesario partir de una adecuada estimulación en el dominio corporal dinámico: extremidades inferiores, superiores, tronco... hacerlas mover siguiendo la voluntad o realizando una actividad determinada, permitiendo no sólo un movimiento de desplazamiento sino también una sincronización de movimientos. Esta coordinación dará al niño confianza y seguridad en sí mismo, puesto que se dará cuenta del dominio que tiene de su cuerpo en cualquier situación.


Este dominio implica por parte del niño:
1. Que tenga un dominio segmentario del cuerpo lo que le permite moverlo de forma sincronizada.
2. Que no tenga miedo al ridículo o a caer ya que en esas circunstancias los movimientos serán necesariamente tensos, rígidos o de poca amplitud.
3. Que posea la madurez neurológica adecuada, la que se adquiere con la edad. Éste es el motivo por el cual no se puede exigir todo a cualquier edad, hay objetivos diferentes para cada una y es, además, necesario determinar si el niño tiene el nivel de desarrollo que corresponde a su edad cronológica.
4. Que tenga una buena integración del esquema corporal.


El niño necesita de estimulación y de un ambiente propicio.

Usualmente, los espacios de que dispone no brindan las condiciones que favorezcan el desarrollo motriz. Una vez que se haya cumplido el proceso de maduración en los movimientos y exista autocontrol, podríamos pensar en una dimensión más compleja del movimiento en la que el niño aprenda de forma específica la practica de uno o varios deportes, lo que se conoce como ‘iniciación deportiva’. Este proceso de iniciación debe considerar que una persona determinada cumple con las exigencias ligadas a su estatus o específicas de un grupo y puede, así, responder a expectativas.


Hernández Moreno (1988) nos dice que la iniciación deportiva es el proceso de enseñanza-aprendizaje seguido por un individuo para la adquisición del conocimiento y la capacidad de ejecución práctica de un deporte, desde que toma contacto con el mismo hasta que es capaz de jugarlo o practicarlo con adecuación a su estructura funcional. Podríamos decir que el niño se inicia en un deporte cuando tras un proceso de aprendizaje adquiere los patrones básicos requeridos por la motricidad específica y especializada de un deporte, debe moverse en un espacio deportivo con sentido del tiempo de las acciones y situaciones, sabiendo leer o interpretar las acciones motrices emitidas por el resto de los que participan en el desarrollo de las acciones.


En este proceso de iniciación tocamos otra parte importante de la esfera del desarrollo integral: la socialización, que permite la interacción de los individuos dentro de situaciones de acción, estructuradas desde el punto de vista normativo y simbólico. También la iniciación nos lleva a una situación de competición y este proceso está sujeto al momento en el que el niño haya alcanzado una madurez cognitiva y de relación tal que le permita enfrentarse con otro, así como un compromiso físico que apunte hacia la eficacia.
Por último, pondremos énfasis en la acción didáctica, es decir en la intencionalidad fundamentalmente educativa. El momento educativo no debe entenderse como el momento en que se empieza la práctica deportiva sino como la acción pedagógica, que teniendo en cuenta las características del niño o sujeto que se inicia y los fines a conseguir, va evolucionando progresivamente.
Este tipo de actividad dentro de la escuela requiere de la supervisión y control por parte de los responsables educativos, ya que esto favo-rece que el deporte escolar, sea cual sea la forma de realización que adopte, esté orientado hacia la educación integral del niño y hacia el desarrollo armónico de su personalidad.


Debemos añadir que es realmente asombroso que las instituciones escolares presten tan poca atención a la actividad física organizada para los niños, sobre todo en su vertiente pedagógica. La influencia educativa que se puede ejercer sobre el niño a través del deporte es, en condiciones normales, muy grande. En consecuencia, nos parece indispensable que las instituciones tomen conciencia y den la importancia que se merece una actividad potencialmente tan influyente sobre el niño, que exijan un mayor rigor en la planificación y programación de estas actividades, que se profesionalice a los educadores que la imparten, y que garanticen solidez y seriedad en las estructuras organizativas.



AUTORA

Lourdes Otero Vollrath
en correos del maestro


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