jueves, 12 de noviembre de 2009

San Martín de Porres amigo de los pobres, enfermos y animales






Martín vio la luz el 9 de diciembre de 1579. Fue bautizado en la iglesia de San Sebastián de Lima, se pudo apreciar en Martín, un sentido cristiano de amor a sus semejantes. Se cuenta que amaba singularmente a los pobres y los socorría de sus ahorros; un dinero que le debía dar su padre cuando le visitaba. También se dice que cuando iba a comprar los productos de alimentación que su madre le ordenaba, nunca le devolvía el cambio correctamente, "he perdido algunas monedas" ... y es que Martín no dejaba en ninguna ocasión de dar limosna a los más necesitados. Nuestro santo empezó a ser conocido entre los habitantes de la ciudad por su alma caritativa, no por la cantidad que daba, sino por la edad que tenía aquel buen niño; su compostura, su humildad ...
La sencillez de corazón de Martín dejó deslumbrado a su padre, que movido por su conciencia se lo llevó a Guayaquil (Ecuador), país donde estaba destinado. A los 8 años de edad, Martín entró en una escuela primaria, pero su estancia en esta ciudad duraría tan sólo dos años, ya que su padre fue gobernador de Panamá


Fray Martín volvió a Lima para continuar sus estudios, pero a la edad de 12 años empezó a trabajar de "barbero". La ocupación principal de nuestro santo en la barbería era la de extraer dientes y muelas, recetar hierbas, aliviar dolores, rasgar con el bisturí los tumores bucales... era una especie de "médico".
Sintiéndose apto para el servicio de los demás y de amor de entrega a Jesucristo, a los 15 años de edad fue a llamar al Convento del Rosario de Lima de los Hermanos Dominicos para entrar como fraile. Pero sólo fue aceptado como no "donado", es decir, como terciario regular. A él no le importó este tratamiento diferencial, sólo deseaba estar en la casa de Dios y servirle fielmente, aunque fuera en el último peldaño. Su trabajo era el de barrer (de allí el apodo de "Fray escoba"), limpiar las celdas, hacer recados, ayudar en la cocina, en la sacristía, en la huerta ... en fin, era un criado para todo y para todos

Son incontables los hechos extraordinarios en la vida de este santo, como son las curaciones, milagros, éxtasis ... Fray Martín ejerció durante mucho tiempo el trabajo de enfermero en el convento. Y fueron muchas las ocasiones en que aparecía misteriosamente en las celdas de los enfermos para socorrer sus necesidades justo en el momento en que lo necesitaban.
Muchas veces hacía curaciones "milagrosas", como por ejemplo, cuando llegó un viejo zapatero al convento con los dedos de la mano engarfiados y contrahechos por un reuma dolorísimo. Fray Martín tomó su mano e hizo la señal de la cruz sobre los dedos enfermos. Pero aquél zapatero no estuvo conforme con el remedio, creyendo que el santo se burlaba de él. Para que el anciano se fuera tranquilo, le puso un remedio casero. Hizo como que preparaba algunas cosas y le vendó las manos. A la mañana siguiente, oh milagro!, el viejo zapatero notó que no solamente no tenía ningún dolor sino que podía mover los dedos y brazos, sintiendo todo el cuerpo rejuvenecido. Se quitó rápidamente la venda para descubrir qué maravilloso ungüento le había puesto el fraile y vio que era un trozo de suela de zapato!
En los documentos del proceso de beatificación se cuenta también que Fray Martín "se ocupaba en cuidar y alimentar no sólo a los pobres sino también a los perros, a los gatos, a los ratones y demás animalejos, y que se esforzaba para poner paz no sólo entre las personas sino también entre perros y gatos, y entre gatos y ratones, instaurando pactos de no agresión y promesas de recíproco respeto". No es extraño que en el convento, los perros, gatos y ratones comieran del mismo plato cuando Fray Martín les ponía el alimento. Se cuenta que iba un día camino del convento y que en la calle vio a un perro sangrando por el cuello y a punto de caer. Se dirigió a él, le reprendió dulcemente y le dijo estas palabras: "Pobre viejo; quisiste ser demasiado listo y provocaste la pelea. Te salió mal el caso. Mira ahora el espectáculo que ofreces. Ven conmigo al convento a ver si puedo remediarte".
Fue con él al convento, acostó al perro en una alfombra de paja, le registró la herida y le aplicó sus medicinas, sus ungüentos. Después de permanecer una semana en la casa, le despidió con unas palmaditas en el lomo, que él agradeció meneando la cola, y unos buenos consejos para el futuro: "No vuelvas a las andadas -le dijo-, que ya estás viejo para la lucha".
Otra anécdota que explica su amor a los animales es la siguiente: resulta que el convento estaba entonces infestado de ratones y de ratas, los cuales roían la ropa y los hábitos, tanto en la sacristía como en las celdas y en el guardarropa. Después que los frailes resolvieran tomar medidas drásticas para exterminarlos, Martín de Porres se sintió afligido por ello y sufrió al pensar que aquellos inocentes animalitos tuvieran que ser condenados de aquella manera. Así que, habiendo encontrado a una de aquellas bestias le dijo: "Pequeño hermano rata, óyeme bien: ustedes ya no están seguros aquí. Ve a decirles a tus compañeros que vayan al albergue situado en el fondo del jardín. Me comprometo a llevarles allí comida, a condición de que me prometan no venir ya a causar estragos en el convento". Después de estas palabras, según se cuenta, el "jefe" de la tribu ratonil rápidamente llevó el aviso a todo el ejército de ratas y ratones, y pudo verse una larga procesión de estos animales desfilando a lo largo de los pasillos y de los claustros para llegar al jardín indicado.
Pero todo tiene su fin, y Martín de Porres por muy santo que fuera, también le tocó la hora de reunirse con Dios. Corría el año 1639, cuando quedó afectado de tifus. Los frailes de la comunidad acudieron a su habitación y él les dijo con grandes sufrimientos: "He aquí el fin de mi peregrinación sobre la tierra. Moriré de esta enfermedad. Ninguna medicina será de provecho". También declaró que no se encontraba solo en aquel momento: que estaban a su lado la Virgen, San José, Santo Domingo, San Vicente Ferrer y Santa Catalina de Alejandría. Fray Martín murió el 3 de noviembre de 1639 dando besos constantemente a un crucifijo que tenía en la mano. El 8 de agosto de 1837 fue declarado beato y el 6 de mayo de 1962, el Papa Juan XXIII le declaró santo.

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