jueves, 10 de diciembre de 2009

Arte e infancia





Todo niño es un artista; el problema es que se preserve como tal cuando crece.
Picasso

Vivimos días en los que el arte se considera un lujo, una actividad superflua de la que es posible prescindir, un bien al que sólo pueden acceder unos cuantos, mientras el resto quizá solamente sabe de su existencia como algo que sucede por ahí, muy lejos de su vida cotidiana. Pero hay que recordar —para aliento de nuestra esperanza— que no siempre ha sido así.
Pensemos, por ejemplo, en la época vasconcelista de nuestro país, cuando funcionarios y artistas se propusieron como algo prioritario que el mejor arte llegara a la mayoría de los mexicanos.

Tampoco lo es ahora en todas partes, pese a que el mundo parece haberse convertido en un inmenso centro comercial. Países como Canadá o Dinamarca cultivan el arte con ímpetus renacentistas. Mucha gente va al teatro, a los museos y a escuchar música en las iglesias varias veces al año, y muchas personas practican alguna disciplina: quien no toca un instrumento, asiste a una clase de dibujo o de danza. Claro que esto es posible porque los gobiernos destinan una buena parte de su presupuesto a la creación y la educación artísticas, y la sociedad en su conjunto participa en el sostenimiento de los proyectos. Hay clubes de apoyo al museo tal, al teatro cual, a la orquesta fulanita. En fin, hay una conciencia de la función social del arte y hay recursos. Pero en los países tercermundistas, como el nuestro —por más que los políticos nos quieran ligar más al Norte que al Sur— podría haber ambas cosas si se considerara al arte como lo que es: un alimento, que si bien se dirige al alma y no al estómago, es tan necesario para la existencia plena de las personas como el pan. Mientras esto no suceda, nos encontraremos girando en un círculo vicioso, porque un pueblo desnutrido espiritualmente no puede ser más que maquilador y consumidor de las ideas y los productos de otros.


¿Resulta exagerado comparar un poema, un dibujo, una melodía con un trozo de pan? Veamos: el pan se convierte en nueva sangre, nuevas células. El arte, ¿en qué se convierte? En nuevas ideas, en actitudes creativas, en comprensión de uno mismo y de los otros, en alegría de vivir.

Una persona sin alimento que llevarse a la boca acabará sufriendo el deterioro de su organismo: enfermará, se pondrá más débil cada día, y si la situación llega al extremo, morirá sin remedio. El proceso es tan notorio que nadie puede dejar de darse cuenta; por ello, pese a las crisis, se intenta apoyar a las personas con mayores carencias materiales. Esto es vital, por supuesto.
Sin embargo, no lo es menos atender el otro tipo de desnutrición, cuyos síntomas de deterioro pueden pasar inadvertidos aunque resulten igualmente graves. Una persona privada de contacto con el arte es muy probable que presente signos de intolerancia frente a las ideas o modos de vida distintos a los suyos, de incapacidad de pensar y decidir con autonomía, se hará pasiva ante los retos, triste, quizá violenta. No es gratutito que una de las primeras manifestaciones de la humanidad en tanto tal, diferenciada del resto de las especies, fuera adornar la flecha o cantar a la lluvia. Hay una necesidad profunda de comunicarnos por medio de lenguajes simbólicos que entrañan emoción y belleza.


Se advierte en los niños pequeños, quienes, por cierto, repiten en su desarrollo la historia entera de la civilización. Al verlos balbucear y palmear presenciamos el despertar de nuestros más antiguos ancestros. La naturaleza los ha equipado para cumplir el quehacer de formarse a sí mismos, otorgándoles la herramienta del juego, en especial del juego de representación. Así, los niños de tres años se inclinan de un modo espontáneo hacia el dibujo, el canto, la dramatización. Pueden pasar las horas improvisando en soledad, como cualquier artista. Y, sin embargo, ¡cuántas veces al verlos representar su muy particular versión de las cosas, nuestra respuesta es interrumpirlos, minimizar su obra! No lo hacemos por maldad o por falta de amor, sino porque estamos convencidos de que las expresiones de los niños no tienen importancia. Si fuésemos conscientes de que están cumpliendo con un mandato evolutivo, de que el desarrollo de su ser pende del delgado hilo de su juego, los respetaríamos. Y al oírlos decir ‘estoy ocupado’, sabríamos que sus palabras guardan igual seriedad que las de un adulto que intenta concentrarse en la oficina, el quirófano o la Cámara de Diputados. Y podría decirse que una seriedad aun mayor, porque el adulto dirige su trabajo a un resultado externo mientras que el niño está creando en sí mismo un nuevo ser humano.


Ésa es la importancia del arte en los niños pequeños. Si para el adulto la experiencia artística es más que conveniente, para los niños es esencial. En su juego dramático o pictórico, el niño ejercita, pule, forma músculos y memoria, palabras e ideas, emociones y criterios de juicio. Decíamos que está equipado para ello. Sin embargo, para realizar su tarea necesita respeto, claro, pero no sólo esto. También estímulo, y volvemos así a nuestro primer punto: necesita alimento. La creatividad es un mecanismo que necesita reciclarse. Los niños no traen una dosis que alcance para toda la vida.
La prueba está en la mayoría de las exposiciones de pintura infantil. Los dibujos de los niños de tres o cuatro años son originales, audaces, nacidos de una necesidad profunda de expresarse. En cambio, los elaborados por niños mayores, de diez o doce, han perdido espontaneidad para sumarse a lo que parecería una corriente común de estereotipos sin fuerza ni carácter. ¿Qué sucedió a lo largo de la infancia? ¿Dónde, cuándo se perdió el impulso creativo?.

Los dibujos de los niños corresponden a la alimentación espiritual que han recibido, o dicho de otra forma, a lo que han visto, oído y degustado. Si a los diez años no pueden más que hacer unos pobres trazos inexpresivos, habrá que aceptar que están desnutridos. Su creatividad es resultado de las tardes pasadas frente a la tele, de los paseos de domingo por los centros comerciales, de las revistas que accidentalemente llegan a sus manos. En cambio, quizás nos veamos sorprendidos por obras de niños a quienes tocó en suerte una maestra que diario los recibía con las notas de algún buen compositor o les leía un poema o tapizaba las paredes con reproducciones de hermosas pinturas. No por cumplir con un programa sino porel puro gusto de saborear la belleza.
-¡Miren, niños!, les traje unas sandías. ¿Ya se fijaron en sus colores, en sus texturas, en su sabor? Miren cómo las pintó Rufino Tamayo, escuchen cómo les cantó José Juan Tablada. Y ahora, ¡ustedes!: Aquí están los colores, el espacio, las palabras. Hagamos una obra de títeres en que los personajes sean sandías.
No faltará quien opine que una maestra así desperdicia el tiempo escolar. Recitar y hacer garabatos está bien para los niños muy pequeños, pero después lo importante son la matemática, la geografía, la historia. ¿Para qué le sirve a una futura ingeniera asistir a una buena función de teatro?
Tal vez necesitemos mayores sacudidas —tocar fondo, como se dice— para aceptar que corremos riesgos gravísimos al privar a los niños de la experiencia del arte, de la educación sentimental que éste propicia. Quizás sólo hasta no ver con nuestros propios ojos que ese chico de doce años que pinta con pereza y sin imaginación toma una pistola como una única vía para expresar sus emociones, para dejar su firma en el mundo, no comencemos a preocuparnos.
Pero, ¿no es un riesgo demasiado alto? No quisiera parecer catastrofista. Se están haciendo algunos esfuerzos que es preciso reconocer. Pero no son suficientes. Sólo hay que ver el impacto brutal que causan los productos culturales chatarra en nuestros niños y adolescentes. ¿Por qué los estamos dejando a merced de los intereses comerciales más viles? ¿Por qué no, quienes deseamos su bienestar, les ofrecemos ya alternativas artísticas, de la mejor calidad como ellos merecen, que los ayuden a desarrollarse como personas lúcidas, buenas, más felices?
vivimos días en los que el arte se considera un lujo, una actividad superflua de la que es posible prescindir, un bien al que sólo pueden acceder unos cuantos, mientras el resto quizá solamente sabe de su existencia como algo que sucede por ahí, muy lejos de su vida cotidiana. Pero hay que recordar —para aliento de nuestra esperanza— que no siempre ha sido así.
Pensemos, por ejemplo, en la época vasconcelista de nuestro país, cuando funcionarios y artistas se propusieron como algo prioritario que el mejor arte llegara a la mayoría de los mexicanos. Tampoco lo es ahora en todas partes, pese a que el mundo parece haberse convertido en un inmenso centro comercial. Países como Canadá o Dinamarca cultivan el arte con ímpetus renacentistas. Mucha gente va al teatro, a los museos y a escuchar música en las iglesias varias veces al año, y muchas personas practican alguna disciplina: quien no toca un instrumento, asiste a una clase de dibujo o de danza. Claro que esto es posible porque los gobiernos destinan una buena parte de su presupuesto a la creación y la educación artísticas, y la sociedad en su conjunto participa en el sostenimiento de los proyectos. Hay clubes de apoyo al museo tal, al teatro cual, a la orquesta fulanita. En fin, hay una conciencia de la función social del arte y hay recursos. Pero en los países tercermundistas, como el nuestro —por más que los políticos nos quieran ligar más al Norte que al Sur— podría haber ambas cosas si se considerara al arte como lo que es: un alimento, que si bien se dirige al alma y no al estómago, es tan necesario para la existencia plena de las personas como el pan. Mientras esto no suceda, nos encontraremos girando en un círculo vicioso, porque un pueblo desnutrido espiritualmente no puede ser más que maquilador y consumidor de las ideas y los productos de otros.


¿Resulta exagerado comparar un poema, un dibujo, una melodía con un trozo de pan? Veamos: el pan se convierte en nueva sangre, nuevas células. El arte, ¿en qué se convierte? En nuevas ideas, en actitudes creativas, en comprensión de uno mismo y de los otros, en alegría de vivir.
Una persona sin alimento que llevarse a la boca acabará sufriendo el deterioro de su organismo: enfermará, se pondrá más débil cada día, y si la situación llega al extremo, morirá sin remedio. El proceso es tan notorio que nadie puede dejar de darse cuenta; por ello, pese a las crisis, se intenta apoyar a las personas con mayores carencias materiales. Esto es vital, por supuesto.
Sin embargo, no lo es menos atender el otro tipo de desnutrición, cuyos síntomas de deterioro pueden pasar inadvertidos aunque resulten igualmente graves. Una persona privada de contacto con el arte es muy probable que presente signos de intolerancia frente a las ideas o modos de vida distintos a los suyos, de incapacidad de pensar y decidir con autonomía, se hará pasiva ante los retos, triste, quizá violenta. No es gratuito que una de las primeras manifestaciones de la humanidad en tanto tal, diferenciada del resto de las especies, fuera adornar la flecha o cantar a la lluvia. Hay una necesidad profunda de comunicarnos por medio de lenguajes simbólicos que entrañan emoción y belleza.
Se advierte en los niños pequeños, quienes, por cierto, repiten en su desarrollo la historia entera de la civilización. Al verlos balbucear y palmear presenciamos el despertar de nuestros más antiguos ancestros. La naturaleza los ha equipado para cumplir el quehacer de formarse a sí mismos, otorgándoles la herramienta del juego, en especial del juego de representación. Así, los niños de tres años se inclinan de un modo espontáneo hacia el dibujo, el canto, la dramatización. Pueden pasar las horas improvisando en soledad, como cualquier artista. Y, sin embargo, ¡cuántas veces al verlos representar su muy particular versión de las cosas, nuestra respuesta es interrumpirlos, minimizar su obra! No lo hacemos por maldad o por falta de amor, sino porque estamos convencidos de que las expresiones de los niños no tienen importancia. Si fuésemos conscientes de que están cumpliendo con un mandato evolutivo, de que el desarrollo de su ser pende del delgado hilo de su juego, los respetaríamos. Y al oírlos decir ‘estoy ocupado’, sabríamos que sus palabras guardan igual seriedad que las de un adulto que intenta concentrarse en la oficina, el quirófano o la Cámara de Diputados. Y podría decirse que una seriedad aun mayor, porque el adulto dirige su trabajo a un resultado externo mientras que el niño está creando en sí mismo un nuevo ser humano.


Ésa es la importancia del arte en los niños pequeños. Si para el adulto la experiencia artística es más que conveniente, para los niños es esencial. En su juego dramático o pictórico, el niño ejercita, pule, forma músculos y memoria, palabras e ideas, emociones y criterios de juicio. Decíamos que está equipado para ello. Sin embargo, para realizar su tarea necesita respeto, claro, pero no sólo esto. También estímulo, y volvemos así a nuestro primer punto: necesita alimento. La creatividad es un mecanismo que necesita reciclarse. Los niños no traen una dosis que alcance para toda la vida.
La prueba está en la mayoría de las exposiciones de pintura infantil. Los dibujos de los niños de tres o cuatro años son originales, audaces, nacidos de una necesidad profunda de expresarse. En cambio, los elaborados por niños mayores, de diez o doce, han perdido espontaneidad para sumarse a lo que parecería una corriente común de estereotipos sin fuerza ni carácter. ¿Qué sucedió a lo largo de la infancia? ¿Dónde, cuándo se perdió el impulso creativo?
Los dibujos de los niños corresponden a la alimentación espiritual que han recibido, o dicho de otra forma, a lo que han visto, oído y degustado. Si a los diez años no pueden más que hacer unos pobres trazos inexpresivos, habrá que aceptar que están desnutridos. Su creatividad es resultado de las tardes pasadas frente a la tele, de los paseos de domingo por los centros comerciales, de las revistas que accidentalmente llegan a sus manos. En cambio, quizás nos veamos sorprendidos por obras de niños a quienes tocó en suerte una maestra que diario los recibía con las notas de algún buen compositor o les leía un poema o tapizaba las paredes con reproducciones de hermosas pinturas. No por cumplir con un programa sino por el puro gusto de saborear la belleza.
-¡Miren, niños!, les traje unas sandías. ¿Ya se fijaron en sus colores, en sus texturas, en su sabor? Miren cómo las pintó Rufino Tamayo, escuchen cómo les cantó José Juan Tablada. Y ahora, ¡ustedes!: Aquí están los colores, el espacio, las palabras. Hagamos una obra de títeres en que los personajes sean sandías.
No faltará quien opine que una maestra así desperdicia el tiempo escolar. Recitar y hacer garabatos está bien para los niños muy pequeños, pero después lo importante son la matemática, la geografía, la historia. ¿Para qué le sirve a una futura ingeniera asistir a una buena función de teatro?
Tal vez necesitemos mayores sacudidas —tocar fondo, como se dice— para aceptar que corremos riesgos gravísimos al privar a los niños de la experiencia del arte, de la educación sentimental que éste propicia. Quizás sólo hasta no ver con nuestros propios ojos que ese chico de doce años que pinta con pereza y sin imaginación toma una pistola como una única vía para expresar sus emociones, para dejar su firma en el mundo, no comencemos a preocuparnos.
Pero, ¿no es un riesgo demasiado alto? No quisiera parecer catastrofista. Se están haciendo algunos esfuerzos que es preciso reconocer. Pero no son suficientes. Sólo hay que ver el impacto brutal que causan los productos culturales chatarra en nuestros niños y adolescentes. ¿Por qué los estamos dejando a merced de los intereses comerciales más viles? ¿Por qué no, quienes deseamos su bienestar, les ofrecemos ya alternativas artísticas, de la mejor calidad como ellos merecen, que los ayuden a desarrollarse como personas lúcidas, buenas, más felices?


AUTOR Berta Hiriart


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