jueves, 10 de diciembre de 2009

El origen prehispánico de las posadas




En México son las tradiciones las que nos van indicando el paso del año, su fugacidad y su perennidad cíclica. Aquí seguimos celebrando –desde la Conquista– el nacimiento del Niño Dios a través de las posadas, las fiestas tradicionales de fin de año, las pastorelas, los villancicos, el pavo, las piñatas, la colación, el ponche, etc. Pero, ¿cuál es el origen y la evolución de esta celebración? Al menos las posadas se celebran en México desde hace 398 años, es decir, desde antes de la época de la Nueva España.
Los antiguos mexicanos celebraban en estas épocas el advenimiento de Huitzilopochtli y lo hacían con muchas y diferentes fiestas y rituales que ocurrían en el Panquetzaliztli, la última veintena del calendario azteca, que comprendía del 17 de diciembre al 5 de enero. Probablemente los franciscanos, en su tarea de evangelización, al ver que coincidía con la celebración europea de la Navidad, hicieron que concordaran las fechas y sustituyeron los personajes de esta celebración indígena. Así, las fiestas, danzas, carreras y rituales que conmemoraban el nacimiento del Niño Sol, coincidieron con el nacimiento del niño Dios.
Hoy permanece como tradición el peregrinaje de María y José en su camino a Belén. Esta representación se conforma de nueve posadas, que inician el 16 de diciembre y culminan el día 24, la noche del nacimiento de Jesús. Coincidencia o no, este peregrinaje nos recuerda un ritual que ocurría en Anáhuac.
Cada año, en el primer día del Panquetzaliztli se realizaba una ceremonia en honor del dios Huitzilopochtli, el Niño Sol, para conmemorar su nacimiento el 21 de diciembre. La ceremonia comenzaba con una carrera encabezada por un corredor muy rápido que cargaba en los brazos una figura de Huitzilopochtli hecha de amaranto y que llevaba en la cabeza una bandera (pantli) de color azul (texuhtli). La carrera se iniciaba en la Gran casa del Sol (Huey Teocalli) y llegaba hasta Tacubaya, Coyoacán (Coyohuacan) y Churubusco (Huitzilpochco). Detrás del portador de esta imagen corría una multitud que se había preparado con ayuno.
Otra celebración que se hacía en esos días –y que le da nombre a este mes– es aquella en la que se ponían unas banderitas (pantli) de papel amate a todos los árboles frutales y plantas comestibles como zapotes, capulines, aguacates, guayabos, nopales, magueyes, etc. El día de la fiesta se sahumaban todos los árboles y se les ofrendaban tortillas (tlaxcalli) y pulque (meoctli) a fin de agradecerles sus frutos, que fueron alimentos durante el año. Esta celebración se asemeja al momento de las posadas cuando se rompe la piñata y se reparte la colación y el ponche. Pero era el día del solsticio de invierno, el 21 de diciembre, cuando el Sol había llegado hasta su máximo desplazamiento hacia el sur, cuando se celebraba el nacimiento del Huitzilopochtli. Para entonces el Sol ya había recorrido la bóveda celeste y había muerto el 20 de diciembre. Se decía que el Niño Sol se iba al Mictlán, lugar de reposo o de los muertos, donde se transmutaba en forma de colibrí para regresar al origen. Coincidentemente, el 24 de diciembre era el día en que el Sol resurgía en Malinalco –al sur– (Huitzilopochtli significa colibrí del sur), acarreando consigo una gran cantidad de danzas y fiestas que se empatan con la Natividad.
Se sabe que las posadas comenzaron en el pueblo de San Agustín Acolman, a 40 kilómetros de Teotihuacán, cuando, en 1587, fray Diego de Soria obtuvo del papa Sixto V un permiso en el que permitía la celebración en Nueva España de unas misas llamadas ‘de aguinaldo’, del 16 al 24 de diciembre, y que se llevaban a cabo en los atrios de las iglesias. Entre estas misas se acostumbraba intercalar pasajes y escenas de la Navidad. Como atractivo se agregaban a la celebración luces de bengala, cohetes, piñatas, cantos y villancicos.
En el siglo XVIII, Carlos III prohibió estos cantos y fiestas. A través de un bando se prohibieron de tajo las fiestas en el atrio de la iglesia.
El bando decía claramente que se prohibían las fiestas en atrios y lugares públicos, pero al no mencionar las reuniones privadas, la gente comenzó a organizarse para reunirse en las casas. Así fue como surgieron las posadas, una en cada casa. A la muerte de Carlos III, cuando quisieron volver a poner en práctica aquellos cantos, muchos se habían perdido y olvidado. Las fiestas se retomaron en las iglesias, pero la costumbre de hacerlas en casa persistió y se fortaleció.
A las posadas se fueron agregando diversos elementos, como ofrecer a los invitados alimentos que variaban dependiendo de cada región; el baile, incluido ya en tiempos de la colonia, y la petición de aguinaldo encargada a grupos de niños y jóvenes. Pero así como se fueron agregando elementos, el religioso fue debilitándose. Ahora las posadas son más una manifestación pagana y muy propia de la cultura mexicana, aunque con un trasfondo religioso.
La organización de estas fiestas varía según la región del país. En varias poblaciones de Jalisco, por ejemplo, las posadas se celebran en las calles, las cuales previamente se adornan con hilos de heno y faroles. En Guanajuato se sigue arrullando al Niño Jesús y se sigue cantando la letanía del Ora pro nobis. En otras poblaciones se sustituyen los tradicionales peregrinos de barro por elementos vivos. Lo más importante de las posadas es que logran reunir al barrio o la comunidad ya que, por el hecho de ser repartido cada día entre una familia o un grupo de familias, entran en competencia amigable y, sobre todo, en un mayor esplendor de alegría navideña.
Autor: Amaranta Leyva .

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